Gaza Caso clínico. Case report. Metralla en la mente infantil. Shrapnel in the Minds of Gaza's Children ESP ENG

Caso clínico. Clinical case from the Gaza Hospital Nasser
La metralla en las mentes de los niños de Gaza
He perdido la cuenta de los niños bombardeados que vi o atendí durante mis cuatro meses en Gaza. De los niños mutilados de las más aberrantes maneras, de los niños con balazos en sus cabezas
Raúl Incertis, médico anestesista y médico de urgencias español
05/08/25 | Actualizado: 05/08/25 | 12:22
Sanad Alqarra es un niño de nueve años que el pasado 15 de abril se encontraba jugando con sus amigos al balón en la calle, no muy lejos de su casa, parcialmente destruida por un bombardeo israelí, en el este de Jan Yunis, al sur de la franja de Gaza. Mientras jugaba, de repente se produjo una explosión y Sanad salió corriendo, pero a los pocos metros se desvaneció: fundido en negro.
El fundido a blanco, es decir, el momento en el que recobró la conciencia, fue para él terrible. Se despertó en un lugar inhóspito, con un tubo en su tráquea, otro en su pulmón derecho y varios tubos más pequeños en sus venas y en su uretra. Se hallaba en la UCI del hospital Nasser, aunque él no lo sabía, como tampoco sabía que había sido bombardeado por el ejército israelí. Se despertó y se encontró solo, en un lugar donde a su derecha había un hombre en una cama como la suya, que no hacía más que sollozar de dolor, y a su izquierda, una niña en coma, con una venda en la cabeza y un tubo en su boca como el suyo. El sonido de las alarmas de los monitores que registraban los parámetros vitales de los pacientes ingresados en esa sala, en la que había once heridos como él, era incesante y demasiado fuerte como para que Sanad y sus maltrechos vecinos, bombardeados como él, pudieran conciliar el sueño.
Sanad lo pasó muy mal. Una esquirla de metralla le había atravesado el cuello y le había producido un hematoma que no dejaba de crecer, deformando su anatomía y haciendo que fuera inapropiado quitarle ese tubo de la tráquea, por si el hematoma seguía creciendo y lo ahogaba al quitárselo. Solo había un centímetro de distancia entre esa esquirla metálica de su cuello y su arteria carótida: un centímetro de vida. Además, otro pedazo de metralla le había atravesado el tórax, dañándole el pulmón, y por ello le habían colocado un enorme tubo dentro de su pecho.
Tomar un café con su padre a primera hora de la mañana en el paupérrimo chamizo de la entrada del hospital e ir a visitarlo después se convirtieron en mis rutinas durante varios días. Al tercer día desde que Sanad fue extubado, le llevé una tableta de chocolate Valor que se zampó en un santiamén, pero sin alegría en la mirada. Su mirada estaba, indefectiblemente, perdida en algún lugar que los que no hemos sido bombardeados no podemos conocer. Un lugar que yo imaginaba lleno de soledad, incomprensión y, sobre todo, miedo. Sanad estaba aterrorizado. Ni los videos de YouTube de goles de Cristiano Ronaldo o los de gatos haciendo cosas divertidas que le enseñaba a diario lograban que su mirada recobrara presencia. Miraba la pantalla, pero no la miraba.
Su padre me dijo que se pasaba el día mirando al techo de su casa, y la noche sollozando de miedo por las pesadillas que sufría.
Sanad pasó por un verdadero calvario las dos semanas posteriores. Dificultad respiratoria, volverle a poner el tubo en el tórax, darle de alta, nueva disnea, reingreso en la UCI e intubación, imposibilidad de quitarle el tubo del tórax, volverle a quitar el respirador, secuelas en su tráquea… Y todo esto casi siempre solo, pues las visitas autorizadas no duraban más de dos horas al día. Pero ese hematoma en el cuello, afortunadamente, se reabsorbió y, finalmente, a las tres semanas de su ingreso fue dado de alta y enviado a su vivienda anterior, que, como he dicho, estaba parcialmente destruida por un bombardeo israelí. Yo me sentí muy afortunado de estar a su lado y al lado de su padre, quien dormía cada noche en el suelo de los pasillos del hospital. Ahora, somos los tres muy buenos amigos.
Al mes de su alta, ambos vinieron para un control con el otorrinolaringólogo. Sanad, pese a estar en casa, no acababa de respirar bien. Los médicos le descubrieron una estrechez en su tráquea, producida por la demasiado larga presencia del tubo de respiración en ella.
Después de la consulta, fuimos a tomar café al chamizo de la entrada del hospital. Ahí estaba Sanad, guapísimo, con su chupa de polipiel, sentado en una silla y mirando al infinito. Su cuerpo, como cuando estuvo ingresado en la UCI, estaba presente, pero él no. Su padre me dijo que se pasaba el día mirando al techo de su casa, y la noche sollozando de miedo por las pesadillas que sufría.
Que si su madre o él se acercaban para abrazarlo, o solo tocarlo, se ponía a gritar y llorar. No dejaba que nadie lo tocara. Que hablaba muy poco y solo para preguntarle a su padre el motivo de por qué tantos tubos en su cuerpo cuando estuvo ingresado.
Cuando sus amigos iban a buscarle para animarlo a salir a la calle a jugar, siempre rechazaba su ofrecimiento. Bueno, una vez salió de casa y, al ver de lejos el lugar donde había sido bombardeado, se puso a llorar y se metió rápidamente adentro. Y ya para acabar, tenía el brazo izquierdo prácticamente paralizado y rabiaba de dolor si se lo tocaban. Lo único que le aliviaba era mojárselo un poco con agua. Nos costó averiguar el motivo de esa parálisis: un pequeño trozo de metralla todavía estaba en su brazo y le rozaba uno de los nervios.
De todo lo que su padre me relató en este nuevo encuentro con ellos, lo que más me conmovió fue la persistencia del vacío en la mirada de su hijo. Su cuerpo estaba con nosotros, pero ¿dónde estaba él en realidad?
He perdido la cuenta de los niños bombardeados que vi o atendí durante mis cuatro meses en Gaza. De los niños mutilados de las más aberrantes maneras, de los niños con balazos en sus cabezas. De los que llegaban suficientemente conscientes al hospital, puedo decir lo mismo que he descrito con Sanad: sus miradas estaban huecas. Como si la onda expansiva de la bomba les hubiera arrancado de cuajo la inocencia. La mirada perdida es el signo clínico más frecuente que podrás ver en un niño bombardeado, junto con el mutismo.
Aún recuerdo una vez que llegaron un grupo de unos diez niños que acababan de ser sacados de los escombros de un edificio después de un bombardeo israelí. Algunos llegaron muertos. Todos sus cuerpos estaban cubiertos de polvo de cemento, por lo que la sangre de sus heridas o las lágrimas de sus ojos se mezclaban con el polvo y el resultado era de color negro.
Una niña de unos siete años, cubierta de este polvo que he descrito y que estaba levemente herida sobre una camilla, tenía su cuerpo agarrotado por la ansiedad. Estaba sola. Me dijo, con la voz entrecortada y la mirada perdida, que quería agua. La acompañé a una pila que estaba a su lado y, al verla caminar, pude observar que sus pantalones estaban mojados porque se había orinado encima.
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