No volveremos a ser las mismas. Eva Mayor Isaac ESP

"Cuando el corazón no sabe ya como romperse"
No volveremos a ser las mismas.
Por Eva Mayor Isaac
10 de abril de 2025
La imagen de dos hermanitos, el más pequeño, de unos dos o tres años, acostado en las piernas del mayor, de apenas seis o siete. El mayor lo acaricia tiernamente mientras el pequeño llora con desconsuelo, haciendo pucheros. Parece que su madre ha sido asesinada. Esta imagen vuelve a mí intrusivamente varios días a la semana colocándome un nudo en la garganta. A veces pienso voluntariamente en esos dos niños y me los imagino eternamente en esa posición de consuelo del mayor al pequeño, pero de desconsuelo infinito. Otras veces mi parte racional piensa que quizás hayan podido salir adelante, estén rodeados por familia que les cuida y le quiere mucho, juegan, ríen, tienen amigos...pero el nudo vuelve porque su mamá ya no está, porque estarán sufriendo o porque incluso puede que hayan sido asesinados.
También recuerdo mucho un niño con quemaduras muy graves comiendo un chupa chups, con carita de sufrimiento y de desconcierto. Aquellos niños que recién bombardeados se miraban lo que quedaba de sus piernas, esta duele demasiado. También aquella niña muy pequeña llena de polvo que se quedó sentada en la calle y mirando al infinito tras un bombardeo. Aquel padre que desesperado enseñaba los certificados de nacimiento de sus gemelos que habían sido asesinados a los pocos días de nacer junto con su mujer. Recuerdo mucho la desesperación de los mensajes del doctor Hossam Abu Safiya desde el Hospital Kamal Adwan. Decenas de imágenes aparecen por mi mente a todas horas. A veces también las imagino, como cuando mis hijos tienen sed, hambre, se caen o están enfermos. O pasamos mala noche. O cuando tengo migraña. Imagino estos pequeños dramas cotidianos en Palestina y un peso se coloca en mi pecho.
Hoy cumplo 41 años. A los 39 nunca hubiese pensado poder mirar de frente al sufrimiento o la muerte de una persona, especialmente de un niño. Menos de decenas al día. Sin pestañear. “Cuando el corazón ya no sabe cómo romperse” como leí un día en X, lugar sucio donde los haya, pero también tabla de salvamento en muchas ocasiones. Con una especie de dolor de base que nunca se marcha, un conformismo triste y sobretodo una especie de deber, de penitencia que me dice absurdamente que qué menos que ver imágenes terribles, sentir una millonésima parte del dolor, ya que no lo estamos evitando, incluso estamos ayudando a que pase. Una necesidad de sentir un dolor físico como si calmara toda esta impotencia. Parece un poco retorcido, pero a otras compañeras les pasa.
Al principio pensaba que algunas de estas imágenes y las historias que las acompañaban harían que el horror para los palestinos acabara. Que “esa” línea roja era imposible de cruzar. Qué inocencia. Y es que también hemos cambiado en eso, en re situarnos en la cruda realidad de cómo funciona el mundo porque Palestina nos explica esa verdad sin ningún tipo de filtro. Líderes mundiales que deciden que los palestinos van a seguir siendo asesinados y sus tierras robadas. Otros, sin tanto poder de decisión, hacen piruetas verbales para no condenar lo infame, para no enfadar a los genocidas y ladrones. La cruda realidad aplicable a otros tantos genocidios, “guerras”, injusticias de toda la historia de la humanidad, pero que con Palestina se hace cristalina.
De vez en cuando pienso en esas madres que nunca han visto ninguna imagen de niños desangrados, reventados, quemados o llamando a sus madres. Siento rabia y, he de confesar, envidia. Siguen siendo ellas mismas, están protegidas, pueden tener momentos de felicidad plena con su familia (sé que es mucho decir, solo lo imagino). Pero son parte de la masa dormida, de la inactiva, de la “neutra”. No juzgo, hay momentos en la vida en los que no se pueden asumir sufrimientos tan grandes. Yo he estado muchas veces dormida. Pero la rabia está. También la incomprensión, el mundo se desmorona, pero de esto por lo general no se habla, ni se piensa ni se actúa.
Pero ser testigos de tanto horror nos mantiene en activo. Aunque parezca que todo el tiempo dedicado a escribir, denunciar, reunirnos, manifestarnos no sirva para nada cuando siguen muriendo personas asfixiadas bajo los escombros. Como decía Miquel Ramos en su maravilloso artículo reciente El último mensaje a su madre antes de ser ejecutado, sobre los 15 paramédicos ejecutados por Israel: “Escribir sobre esto, cuando lo hemos hecho ya varias veces estos últimos meses, puede parecer reiterativo, pero disculpen si nos negamos a que esto suceda sin más, a que el tiempo pase y nos haga enterrar cada día todas estas historias. Porque son demasiadas, porque son insoportables, porque, a pesar de ser contadas y mostradas con toda su crudeza, siguen sin provocar la más mínima acción de quienes tienen capacidad de intentar pararlo y eligieron seguir como si nada. Y porque no queremos que los verdugos se olviden de que seguimos señalándolos. Que no olvidaremos.”
Estoy donde creo que tengo que estar, aunque duela demasiado, aunque no vuelva a ser la misma. Recuerdo muchas veces a Gabriela Wiener en su artículo para Público del 19/10/2023, hace toda una eternidad, titulado ¿Dónde estás tú?: “¿Dónde estar, dónde ponernos, mientras caen las bombas sobre los hospitales y abren zanjas con los cuerpos de los niños que lo último que aprendieron en su paso por este mundo es a no tener miedo a nada, ni a la muerte?” y tras un maravilloso texto sigue “No sé dónde estás tú pero si el tirano de Israel dice que ellos son los hijos de la luz y de la humanidad, yo me siento más que nunca hija de las tinieblas y de las bestias. Y de ese lugar al que han querido someternos, volveremos como esas florecillas que siguen de pie después de haber sido pisoteadas por la bota. Una flor que podría llamarse Intifada”

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